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domingo, 23 de diciembre de 2012

Las cuidadoras y los móviles


Hoy en día, las madres trabajadoras no podríamos (casi) sobrevivir sin dos ayudas fundamentales en nuestras vidas: las nuevas tecnologías y las chicas que cuidan de nuestros hijos cuando no podemos ir a recogerlos al colegio, llegar a casa para bañarlos o realizar cualquier otra tarea "de madre" por culpa del trabajo y/o nuestros queridos jefes (sobre todo, si son jefas). Como sé que entre ellas prefieren llamarse cuidadoras, y por si alguna termina leyendo este post por casualidad, a partir de ahora me referiré a ellas así.
Como iba diciendo, sin las cuidadoras de nuestros hijos, esos ángeles de la guarda que algunas tenemos el privilegio de disfrutar, la vida sería mucho más difícil. Y ya no digo nada si encima vienen equipadas con la última tecnología (las hay que, incluso, te enseñan orgullosas su flamante iPhone 5), lo que nos permite saber al segundo mediante sms o mensaje de whatsapp (con fotos, vídeos y lo que haga falta) si nuestros pequeños tienen fiebre, han comido bien o mal, están jugando en el parque, si han hecho caca (incluyendo detalles sobre su color, textura, etc...) y otra serie de pequeños detalles que nos hacen sobrellevar mejor la obligada distancia con nuestros hijos.
Sin embargo, como sucede con otras muchas cosas, las nuevas tecnologías las carga el diablo. ¿Quién de vosotras no tiene un grupo de whatsapp con sus amigas? ¿Y quién no se ha desfogado con ellas vía móvil cuando os han hecho alguna trastada en el trabajo y/o el jefe (o jefa) os ha soltado un marrón a última hora sin ningún miramiento? Pues nuestras cuidadoras también chatean entre sí. Y la curiosidad malsana nos llevaría a más de una a querer saber qué comentan o qué opinan de nosotras. Pues bien, no queráis saberlo. El otro día me llegó un mensaje "extraviado" de una conversación entre cuidadoras en el que una de ellas "rajaba" de su jefa (sabed que nos llaman así).  Tranquilas, no hablaban de mi, aunque al principio me llevé un susto morrocotudo. Aunque luego me surgió la duda de qué debía hacer con esa información que me había llegado pese a que yo no fuese su destinataria. Al final decidí dejarlo estar, pero la anécdota me sirvió para reflexionar sobre las ventajas y desventajas de una sociedad tan conectada como la nuestra y, qué queréis que os diga, a veces la ignorancia es sinónimo de felicidad. Hay cosas de las que es mejor no enterarse, ¿no os parece?